Muchas veces creemos que amamos “lo suficiente”, pero nuestras acciones y reacciones revelan carencias aprendidas. No todos los vacíos se llenan con amor. Algunos solo se sanan con conciencia. Crecimos creyendo que amar era instinto, pero el amor también se aprende. Si no nos enseñaron a reconocer y regular nuestras emociones, podemos repetir patrones de dolor sin darnos cuenta. La neurociencia afectiva nos muestra que un abrazo, una palabra o un silencio pueden cambiar la química de un cerebro en desarrollo. No se trata de amar más, sino de amar mejor… y eso empieza por sanar nuestra historia.
Shonkoff, J. P., & Phillips, D. A. (2000). «The science of early childhood development.»
National Academy Press.



